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La noche más larga

Cuando el sol aún no había salido, y las estrellas más brillantes todavía mostraban su luz en el occidente, Poila y su padre ya estaban en el bosque cercano a la aldea, mirando las trampas que habían colocado, a la débil luz del alba. Tenían la esperanza de que alguno de los animales que no se enterraban a hibernar hubiera caído en ellas, pero no era el caso. Al principio del invierno una cierva desprevenida murió en una de las trampas, y con ella murió su cría, al no querer separarse de ella, pero cuando llegaron ellos ya habían sido en su mayor parte devorados por los linces o los lobos; y desde entonces no habían vuelto a tener más caza. Y esta noche tampoco había habido suerte.

Su padre se encogió de hombros.

— Bueno, pues hemos venido para nada. Antes de que nevara podíamos buscar setas o bayas, pero ya ni eso…

Aquel año el otoño había llegado demasiado pronto, y lo mismo había ocurrido con el invierno y la nieve. Poila dudaba de que los alimentos que tenían conservados les durasen hasta la primavera.

— Este año próximo habrá que hacer más ofrendas a los dioses. Deben estar enfadados con nosotros.

Poila se apoyó en el tronco de un pino, pensativo. Los dioses lo controlaban todo: la vida y la muerte, los movimientos de la luna y el sol… Y vivían en enormes moradas en el cielo o en el interior de la tierra. Y, aún así, necesitaban de las ofrendas de seres insignificantes como ellos. Una vez, preguntó a su padre sobre el asunto, también cerca del solsticio, y éste le castigo por la pregunta metiéndole la cabeza en el agua helada del río; había dicho una blasfemia.

— Padre…

— ¿Sí?

— ¿No podríamos intentar cazar, en lugar de poner trampas? Tú manejas bien el arco…

Negó con la cabeza.

— No podemos. Quebin es el cazador de la aldea. Si él no organiza partidas de caza, no podemos cazar los demás. Son las normas. Es como si él se pusiera  a hacer espadas en lugar del armero.

Puso su mano enguantada en el hombro de Poila.

— Mejor volvamos a casa.

* * *

Cuando regresaban por el camino nevado y desolado por el viento invernal, con el sol ya alto, vieron a lo lejos acercarse un jinete, y ambos se asustaron. Sólo algunos podían permitirse tener caballos, que habían sido traídos desde oriente hacía pocas generaciones. Probablemente, serían nobles.

Respetuosamente, a medida que la bestia se acercaba, dejaron en el suelo los bártulos, y se postraron. Pero, cuando se paró ante ellos, repararon en que el jinete no era un noble, sino un hombre santo. Sus ropajes no eran normales: desde las botas hasta la capa vestía completamente de color naranja, como el atardecer.

Su postura no era, desde luego, la orgullosa de un noble: no miraba al mundo como si le perteneciera, sino como si fuese algo extraño para él. Al verlo Poila recordó una cosa que le había contado su abuela, que consiguió sobrevivir para ver la infancia de sus nietos: ‘‘los hombres santos están siempre soñando’’, decía, ‘‘para ellos este mundo es un sueño entre muchos’’.

Y Poila siempre pensaba que un mundo tan cruel no debía ser un sueño muy agradable.

El hombre santo permaneció un rato ante ellos, mirando el paisaje a su alrededor, blanco como la leche, como si hubiese parado ahí casualmente y no pudiese verles. El caballo piafó un par de veces, lanzando nubes de cálido aliento, y el jinete dirigió al fin sus ojos hacia ellos.

Pasó otro intervalo de tiempo, que a Poila pareció muy largo, mirándoles. Con algo intermedio entre el desinterés y la curiosidad, como aquel que, pensando en otra cosa, mira una fila de laboriosas hormigas en el suelo.

Pero una rapaz chilló a lo lejos, y el hombre pareció despertar. En una voz baja y pausada, con total calma, les dijo:

─ Este año habrá una ceremonia especial para el solsticio. Que todas las familias envíen al hijo o a la hija más joven que tengan… que ya sea fértil, al borde del bosque sagrado. Si están casados no sirven. Y lo más importante: que no lleven nada de hierro. El hierro arruina la magia.

Y Poila sintió un escalofrío, pues en el caso de su familia él sería el elegido. Un viento frío azotó las ropas naranjas del hombre santo, que de nuevo miraba al horizonte, y cabalgó levantando la nieve que había caído la noche anterior.

Su padre y él se miraron. Sabían lo que podía pasar. Pero había que contentar a los dioses, así que Poila tragó su miedo y asintió en silencio, tragando saliva como si fuera tierra.

—Iré, padre.

El viento siguió soplando.

* * *

Poila nunca había visto tanta gente junta. Junto al límite del Bhagós, el bosque sagrado, entre dos gigantescos monolitos que, según las leyendas, habían sido levantados por gigantes, se encontraba un grupo de jóvenes como él, más de los que jamás vio en su vida. Sin duda debían de venir de muchas aldeas. Al principio, Poila se había lamentado de haber caminado tan lejos para poder llegar al bosque, pero comprendió que muchos habían tenido incluso que caminar durante jornadas para llegar allí, recorriendo campos y ríos cubiertos por el estéril manto del  invierno.

Buscó a alguno de sus amigos, por ejemplo a Suitla, pero no lo encontró. Había hogueras, pero los congregados a su alrededor eran desconocidos. Todos miraban al bosque, aquel gigantesco hayedo, ahora deshojado y lleno de nieve.

El sol se iba acercando poco a poco al límite de su recorrido.

Entonces fue cuando Poila escuchó una voz llamándole por encima del murmullo de tantos jóvenes y del canto de los pocos pájaros que no habían emigrado, que buscaban refugio de la fría noche. Se giró y reconoció a Quera, la hija de Quebin, el cazador. Llevaba, como era propio de ella, la piel de una liebre rodeándole el cuello.

— ¡Poila! ¡Poila!

A él siempre le había gustado Quera: su pelo negro como la noche, largo y ondulado como las algas; su sonrisa con casi todos los dientes sanos; y su fértil cuerpo, que parecía casi una representación de la Madre: unos enormes muslos y senos, así como una fértil cadera ancha. Sin embargo, nunca le había hecho demasiado caso y prefería ir a retozar con los hijos del armero. Pero ahora quizás tuviera una oportunidad. Nunca podría casarse con ella, así que más le valía aprovechar aquel momento.

¿Por qué no? Al fin y al cabo, era una situación extraña en un lugar extraño en el momento más extraño del año.

Quera y él estuvieron sentados juntos, bebiendo vino que algunos desconocidos les dejaron amigablemente. Desconocidos que también intentaban conseguir el favor de la hija del cazador. Pero, por primera vez, Poila consiguió que una chica tuviese ojos solo para él.

El sol se había ido acercando, tiñendo de naranja el cielo, y el ambiente reinante hubiese sido casi festivo, con cánticos y bromas, de no ser porque los hombres santos, vestidos de colores extraños, les recordaron con suaves palabras que debían marchar al interior del bosque.

*  *  *

Los jóvenes volvieron a callar, temerosos, mientras marchaban a través de las hayas deshojadas y cubiertas de nieve. En ocasiones se oía el graznido de algún cuervo.

Cuando se hizo la noche, los cuervos fueron sustituidos por búhos. Los hombres santos, que eran unos pocos, se distinguían por ser los únicos que llevaban antorchas. Poila pensó que era curioso que tan pocas personas guiaran a tantas como si fuesen pastores.

Quera se agarró a él, temerosa, o fingiendo estarlo. ¿Qué importaba? Sintió sus fértiles senos apretándole, y le rodeó la cintura con un brazo. Después de todo, podía ser que siguiera sacando provecho de la situación durante más tiempo del previsto. ¿Acaso el fornicio no había sido uno de los regalos de la Madre como compensación por lo dura que era la vida?

Finalmente, llegaron a un gigantesco claro. No había duda de que lo era porque en su centro, convirtiendo la nieve en charcos, había un círculo de hogueras rodeando una gran piedra con su cúspide plana. El fuego iluminaba el llano, pero las sombras seguían reinando a partir de los troncos de las hayas.

Una mujer santa, alta y flaca como un árbol, gritó:

— ¡Poneos alrededor del fuego! La Madre elegirá quién irá a defendernos ante el dios del invierno.

*  *  *

Pronto todos estuvieron organizados alrededor del extraño altar, formando un círculo en el claro. Algunos santos más llegaron a caballo, y hablaron con los otros. A la luz del fuego todos parecían vestir de naranja, pero Poila sabía que muchos vestirían de otros colores.

Las ráfagas de viento helado, junto con los aullidos provenientes del bosque, ayudaron a mantener a la gente cerca de los fuegos.

Los hombres santos, entre ellos la mujer que les había hablado, narraban en voz alta historias sagradas, aunque se notaba que hablaban con tensión, como si esperasen algo:

–Esta es la noche más larga del año. A partir de mañana el Sol, el hijo predilecto de la Tierra, que fue engendrado cuando ella fue fecundada por el Cielo, volverá a vencer a la oscuridad, y los días se alargarán, hasta que él se canse en el equinoccio, y nos bendiga la Madre de nuevo con las cosechas.

Alzó aún más la voz y dijo:

— ¡El oráculo! Ya es hora de que decida quién irá al juicio.

Otra mujer, increíblemente vieja y encorvada, acompañada de dos jóvenes que la sujetaban de vez en cuando, fue recorriendo las filas, tocando a los asistentes. A él y a Quera los tocó un par de veces, y pudieron observar que era casi ciega. A la tercera vuelta dijo con una voz baja y pausada, en total calma:

— Diles a los demás que repartan las figuras.

Otros jóvenes, que Poila pensó que serían aprendices de los hombres santos ─y que le hicieron darse cuenta de que no tenía ni idea de cómo se llegaba a ser parte de ellos─ llegaron guiando a un buey, que llevaba encima varios barriles gigantescos. Los abrieron y empezaron a sacar estatuillas de ellos.

Dieron a cada cual, muchacho o muchacha, una figura; a veces de hueso, otras de piedra, o bien de estaño, cobre o bronce. Siempre tenían forma de animales. A Poila le tocó un tejón de hueso y a Quera un extraño animal de estaño. Parecía un jabalí, pero era como si surgiera una quinta pata de su cabeza, y los colmillos eran demasiado largos.

La mujer alta y delgada de antes volvió a gritar:

— Tenemos una copia de cada figura. Elegiremos una, y quien tenga la equivalente será quien vaya a representarnos ante la Madre.

Todos permanecieron en silencio, expectantes, y la emoción les recorrió como un rayo. Sabían lo que iba a pasar. Quera apretó fuertemente la mano de Poila.

Éste no cabía en sí de gozo: ella le amaba.

De pronto, escucharon:

— ¡Ha tocado el tejón de hueso! ¿Quién lo tiene?

Poila tuvo que soltar la mano de Quera, que le miraba fijamente. ¿Qué estaría pensando?

Alzó los brazos, enseñando la figurilla.

— ¡Yo tengo el tejón de hueso!

La mujer alta, la anciana, y un par de hombres, todos con la ropa colorida, se acercaron a él.

La anciana sacó de la manga un cuchillo de bronce.

— Sé valiente. Haz lo que debes hacer.

En el instante mientras dirigía su mano a la broncínea arma, Poila pensó en la posibilidad de huir. ¿Qué le importaban su familia o las cosechas si de todas maneras no podría verlas? Existía la mínima posibilidad de huir entre las hayas sin que llegasen a alcanzarlo.

Pero miró a los ojos a Quera: le brillaban de admiración.

¿Acaso el Amor no era uno de los dioses más poderosos? Y no era posible negarse a la voluntad de un dios.

De un salto pasó por las llamas y subió al altar de piedra. Todos le aclamaban.

Suspiró. Antes de que cualquier duda o deseo de vivir le sujetasen a ese mundo, que era un feo sueño, clavó el bronce en su corazón.

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